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Discriminacion

Belén González / @mbelengg

Nuestra historia, como entidad social, ha estado marcada por un sentimiento negativo que nos degrada y que no hemos sabido manejar: el odio, una mala semilla que al florecer saca lo peor de nosotros. Es como si nuestra humanidad -termino derivado de la palabra latina humanitas y que hace referencia a esa facultad intrínseca del hombre de comprender, sentir afecto y demostrar su solidaridad con otros-, se diluyera hasta desaparecer.

Al parecer, el odio nos convierte en individuos violentos que activa o pasivamente califican, humillan y atacan a quienes consideran inferiores. Una de las más recientes muestras de lo que ese sentimiento negativo es capaz de hacer, rompió el incómodo limbo que produjo el Coronavirus, para dejar en el reloj y el corazón una marca que recuerda muchas viejas heridas. En 8 minutos y 46 segundos, un hombre de color, un estadounidense llamado George Floyd, murió mientras un grupo de policías se arrodillaba sobre él, no en una plegaria, sino en una aberrante muestra de violencia injustificada contra otro ser humano.

… el odio hace crecer el odio, la violencia sólo genera más violencia, y la discriminación daña los cimientos de lo que realmente somos.

Lamentablemente, nunca hemos sido tolerantes, la historia de la raza humana, en prácticamente todas sus culturas, confirma que la transigencia y el sentido común son bastante escasos. Por lo visto, resulta más fácil etiquetar a las personas según su color, su cultura, su creencia, sus sentimientos o sus valores, que aprender a convivir con nuestras ¨diferencias¨, lo cual nos hace responsables de esa forma de violencia que llamamos discriminación.

El racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la islamofobia, la homofobia y la aporofobia son sólo algunas de estas etiquetas, pero los epítetos son muchos porque también discriminamos a los que viven en la calle, a los analfabetas funcionales, a quienes padecen enfermedades como lepra, sida o vitíligo… en fin.

Habría que preguntarse, para hacer un autoexamen de conciencia, y mire que todos lo necesitamos, por qué caemos en el juego al pensar, por ejemplo, que todos los judíos son avaros, que todos los latinos saben producir y traficar drogas, que todos los inmigrantes son indocumentados, que todas las personas de color son pobres, que todas las mujeres son pésimas conductoras, que todos los minusválidos son una carga, que todos los sacerdotes son pederastas.

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Qué daño nos hace esa tendencia a generalizar y esa bizarra costumbre de pasar de una generación a otra tabúes sociales, en lugar de hacer crecer lo bueno que como humanidad hay dentro de nosotros. Es cierto que hay gente mala per se, pero también es verdad que hay personas buenas, nobles, inteligentes, sensibles y dispuestas a ayudar.

Unas cuantas manzanas podridas no provocan la pérdida de una cosecha completa, lo que si hace un daño irreparable es el gusano del odio que corroe a veces de forma incontrolable una vez que crece dentro de nosotros.

…resulta más fácil etiquetar a las personas según su color, su cultura, su creencia, sus sentimientos o sus valores, que aprender a convivir con nuestras ¨diferencias¨…

No somos iguales, pero tampoco somos tan diferentes. Los sentimientos, necesidades, obligaciones o responsabilidades de las personas con determinado color de piel, que forman parte de una etnia, que decidieron tener una identidad sexual distinta, que profesan una religión o que pertenecen a una organización política, son las mismas que para el resto, hay que educarse, trabajar, amar, ser buenos hijos y padres, honrar la palabra, ser rectos y honestos.

Aquellos que se sienten o se han sentido superiores están equivocados, nada los capacita para juzgar a otros y su intolerancia es la muestra palpable de su ignorancia. Discriminar es una idea nociva que perpetúa la desigualdad en todo el planeta. Cambiar las cosas pasa por ser responsables de nuestras acciones y sentimientos, el odio hace crecer el odio, la violencia sólo genera más violencia, y la discriminación daña los cimientos de lo que realmente somos.

La humanidad está herida, pero aun podemos rectificar, los retos que nos esperan seguramente nos podrán a prueba y para seguir avanzando; todos somos necesarios. Cómo me gustaría que pusiéramos el cronometro en cero (00:00:00), no para olvidar, sino para que a partir de ahora, no exista una medida de tiempo capaz de dar valor a una vida.

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