CUANDO QUIERO LLORAR, SÍ LLORO

Dante Garnique / @dantegarnique

Este es el primero de lo que probablemente sea una serie de artículos vinculados a esa aventura llamada Metamorfosis Forzada, en la cual me adentré gracias al privilegio que tengo de conocer a dos grandes mujeres: Belén González y Zeudy Acosta Paredes.

Todo comenzó en el exilio, gracias a Belén González, una coleccionista de personas, que va por la vida seleccionando amigos, y por quien tuve la fortuna de ser reclutado desde su más tierna infancia. Un día, se apareció frente a la puerta de mi casa, una niña preciosa, descalza, con unos hipnotizantes ojos verdes y unos cabellos dorados trenzados al mejor estilo de Pipi Langstrom, o como la conocemos en español, Pipi Calzas Largas. Me preguntó por su mami y le dije que no sabía de ella, pero me ofrecí para juntos ir a buscarla; levantó su manita para tomar la mía y así, emprendimos un camino, un camino que hasta hoy recorremos en la búsqueda de sueños y fantasías inconscientemente compartidas.

Necesitaba valeriana para calmarme, pero no tenía, lo primero que encontré fue una botella de vino y fue peor el remedio que la enfermedad.

De Zeudy, lo primero que recuerdo es al Charro, José Leonardo, que para mí es, como el hermano de Luis Carlos Sebastián. A Zeudy la conocí por intermedio de Belén, que por cierto, así se llama también mi mamá, por eso yo, a veces hablo de mis Belenes, ya que también tengo a Milángela Belén. En fin, cuando Venezuela existía, y ya Belén calzaba tacones altos y vestidos glamorosos, en alguna encrucijada nos volvimos a encontrar, ella, Zeudy y yo, allí, nuestras historias comenzaron a coincidir en algunos capítulos. Uno de ellos es el exilio.

Primero fue un grupo de jua sap, luego surgió la idea de Metamorfosis Forzada, un Blog para expresar nuestras experiencias como emigrantes, llegó después el libro y más recientemente, nos reunimos cada semana a través de Zoom, como en Viaje a las Estrellas o en un capítulo del Súper Agente 86, o, los Supersónicos. La tecnología no deja de sorprenderme, pues pertenezco a esa generación que debió aprender taquigrafía para tomar notas con mayor eficiencia, y ahora bajo teleconferencias y Podcasts que almaceno en mi Tablet para documentar algún escrito o investigación.

Así ha evolucionado mi vida y mi amistad con Belén, Zeudy, El Charro, Luis Carlos Sebastián, Bigo, Jets de Jesús, Coffee Francisco (estos tres los gatos), Inma, Áurea Marina y Santiago Nicolás, que dicho sea de paso, de Santiagos y Santiagas también tengo varios.

Pero el tema es, que en Metamorfosis Forzada Podcast, a veces decimos cosas que quedan descosidas por cuestiones de tiempo y me ha parecido conducente, acabar el zurcido por esta vía. He aquí algunas de mis primeras hiladas. En el episodio del 16.08.2020, mi lengua, que tiene personalidad propia, decidió contar de mi facilidad para llorar.

Podcast de Metamorfosis Forzada del 16 de agosto de 2020

Soy un llorón. Durante gran parte de mi vida esa premisa me atormentó, tanto, que todavía hoy, estoy dando explicaciones. Explicaciones que si de verdad el asunto hubiese dejado de atormentarme, no las estuviese dando. Los hombres no lloran, mi mamá me mima, papá asea la pala. Pra, pre, pri, pro, pru. Y yo, aprendí a leer, aprendí a escribir, pero nunca aprendí a no llorar.

Para la preparación de uno de nuestros episodios, durante la preproducción, Zeudy sugiere que comentemos el logro de Armado Mundaraín, un venezolano de 27 años, en Master Chef Hungría. Empiezo yo, cual milenial, a navegar y encuentro en YouTube el programa en el que el pana logra su pase a la siguiente ronda del concurso de cocina, y cuando los jueces lo sorprenden con la presentación de su madre en el set, a quien tenía seis años sin ver, por causa del exilio precisamente, para que la señora diera su veredicto sobre el asado negro que su hijo había aprendido a preparar por pura intuición cultural, idiosincrática y emocional.

Tras ver aquel instante de puro primitivismo afectivo tribal, he reventado en un llanto inconsolable, cual Doña Misia, viendo el final del Derecho de Nacer. Necesitaba valeriana para calmarme, pero no tenía, lo primero que encontré fue una botella de vino y fue peor el remedio que la enfermedad. Lloré y lloré y lloré hasta más no poder y mi lengua, que es autónoma y tiene personalidad propia, lo soltó, así como así durante la grabación de Metamorfosis, sin embargo, yo hoy, le estoy brindando mi apoyo y mi agradecimiento.

Sí, porque fue liberador. Reivindiqué mi raíz latina que se enfrenta desde mi exilio a la cultura germánica. Recuerdo haber leído en alguna parte, que los rusos lloran cuando cantan y los italianos suelen hacerlo al escuchar ópera. Yo lloro cuando canto una canción de Simón, cuando la oigo, cuando tengo una inmensa arrechera y últimamente, cada vez que me dan ganas porque el exilio da muchas ganas de llorar, ¿saben?. Y es que me habían enseñado que llorar, en un hombre era sinónimo de debilidad, de femineidad; y si fuera sinónimo de femineidad, ¿quién ha dicho que las féminas son débiles?. Además, pienso que hay otras señales que denotan más debilidad de lo que lo puede hacer el llanto. La traición, por ejemplo. La traición es a mi modo de ver, una gran muestra de debilidad. La envidia, es una gran señal de debilidad. La inseguridad, no llorar por temor al patrón sociocultural, es una inmensa demostración de debilidad. La exclusión, la discriminación, el racismo, son indicios de una gran debilidad.

… nos volvimos a encontrar, ella, Zeudy y yo, allí, nuestras historias comenzaron a coincidir en algunos capítulos. Uno de ellos es el exilio.

Ya que mi lengua es más rápida que mi mente, peor aún, lo es más que la velocidad de la luz, lo cual a veces me ha metido en situaciones ocasionalmente graciosas, pero otras no tanto; y como ya estoy en esa edad en la que le doy más importancia a la auto reafirmación, que a la aprobación, decidí hacer las precisiones para quienes sin conocerme, tanto como Belén y Zeudy, han tenido la gentileza de acercársenos a través de nuestro y vuestro Podcast de Metamorfosis Forzada, como por ejemplo, la presidenta de nuestro club de fans, Inmaculada Salcedo.

Y ya para ir saliendo del tema, concluyo, para mi y para ustedes, que el llanto funciona como catarsis, como terapia, como método de concentración y como brújula. En mi caso, que por razones de personalidad, no suelo enfurecer, pero cuando algo lo logra, lloro y ello me permite pensar con claridad en una estrategia, bien para enfrentar nuevas situaciones similares, bien para enfrentar a un adversario potencial, o bien para la revancha. Por el contrario, reprimir el llanto, me paraliza, la represión produce irritación, rabia, rencor y una carga emocional poco productiva capaz de somatizar procesos químicos indeseados para la salud. Por eso y por algunas otras razones, he decidido que cuando quiero llorar sí lloro, así que, a llorar se ha dicho.

Miércoles, 19.08.2020

A Rodríguez. Post mortem.

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