RUMBA EN LAS VENAS

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Zeudy Acosta Paredes / @zeudyacosta

Es probable que en el vientre de mi madre, alguna canción de cuna o sonido similar activara mi sentido y gusto por la música. No sabría con precisión cuándo o cómo ocurrió, pero sí recuerdo que desde muy pequeña me di con agrado y soltura a cualquier ritmo. No hubo ocasión desperdiciada, pista o baile que me fuese indiferente. Entre las escasas fotografías de la niñez, recuerdo una disfrazada de rumbera, y cuenta mi madre que apenas con 3 años, causé sensación en una comparsa de carnaval en el barrio donde crecimos. Allí, siempre había un templete, una fiesta, una excusa para celebrar y bailar. Ah, y cómo olvidar los premios que obtuve al ritmo de “entren que caben cien…” junto al Morocho. Qué buen recuerdo.

Puedo asegurar que la afición por la música, aunque no aprendí a tocar instrumento alguno, se alimentó poderosamente en casa. Mientras lavaba y planchaba ropa ajena para sustentarnos por un tiempo, mamá siempre escuchaba algo. En un principio sintonizando la radio, y así conocí melodías y voces como La Sonora Matancera, Billó’ s, Daniel Santos (quien según ella era mi padre y le creí por un buen tiempo), Julio Jaramillo, Javier Solís, la Orquesta Aragón y una centena más. Un asunto que tuvo variantes de acuerdo a las influencias caribeñas, latinas, en general, y hasta españolas, haciendo posible el aumento de tendencias y gustos.

La música recuerda, olvida; aflige y alegra, desvive y potencia la vida; la música apacigua y alborota; es delirio, suspiro y vigor, todo a la vez.

No perdieron protagonismo algunas corrientes estadounidenses y europeas, esta vez influenciadas por mi hermano, propiciando un recorrido que fue desde los discos de 33 revoluciones, los LP, cassettes, y CD… todo al compás de la evolución musical y tecnológica de cada época. Con el paso de los años, muchas décadas connotaron musicalmente estilos, géneros, grupos, artistas, bandas, solistas; eso es la música, una vertiginosa tormenta que agrada, encanta y seduce, y que como es de suponerse, tiene su participación en la historia global o personal.

Tuve además la fortuna de disfrutar de la música y el baile en creativas coreografías que montaba nuestro profesor Valderrama en la escuela, con lo que cerrábamos cada año escolar en animadas, divertidas y emocionantes puestas en escena en las tablas de la mismísima Aula Magna de la UCV. Oh, cuántas veces se vitoreaba “otra, otra, otra”, y sonrientes, plenos de felicidad e inocencia, nos disponíamos a salir de nuevo al ruedo.

En una ocasión (cerca de los 12 años) quise ser parte del grupo de mujeres que conformaban la academia de Yolanda Moreno; en el vecindario, de hecho, vivía una de ellas. No se dio. Pero muchos años después logré subir al escenario del TOM en Maracay con el Cuerpo de Baile Adulto Contemporáneo de Élide Vegas, haciendo realidad un gran anhelo de mi corazón, con la pieza de New York, New York, entre muchos otros números.

Dependiendo de circunstancias, hechos o personas, los autores, letras y sonidos fueron cambiando, con lo cual el gusto se fue ampliando, convertido en un componente esencial de la vida. Y es que en efecto, la música no tiene fronteras, y además de ser considerada un lenguaje universal, para mi tiene un elevado significado, casi una religión, que me acompaña permanentemente. La música recuerda, olvida; aflige y alegra, desvive y potencia la vida; la música apacigua y alborota; es delirio, suspiro y vigor, todo a la vez.

Hay para todos los gustos, para quienes bailan, y aquellos que no. Para blancos, negros, rojos y amarillos. He leído un libro dedicado sólo al género Salsa, imaginen. Un banquete bajo la pluma de César Miguel Rondón. Pero, ¿por qué este género precisamente? Pues, esconde una historia de lujo, unas raíces insospechadas, e indudablemente porque a éste pertenece mi cantante y compositor predilecto, Rubén Blanes. Cada quien tiene el suyo, o suya. Amor eterno y platónico, quizá…. Admiración y respeto, en abundancia. Y es así, como en cualquier lugar u ocasión, si una nota se asoma, la distancia trae consigo un nombre, una ocasión fabulosa, un suspiro eterno que da voz al recuerdo… Blades es en mí, lo que es directamente proporcional, para cada cual un cantante, una banda, una canción.

Por cualquier calle, vereda, por cada rincón que recorro, me acompaña una lista de reproducción en el celular (antes eran otros artefactos). Se me permite trabajar con música y eso lo agradezco. Se convierte en una manera amena de que el tiempo no sea tan implacable, pues me traslado a lugares, a momentos en los que he sido profundamente feliz; me conecto con gente a la que extraño hasta los tuétanos. Revivo, vibro y sí, bailo, bailo hasta por dentro. Gracias a la música, su potencialidad, su mágica conexión.

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