CORAZÓN PARTÍO

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Zeudy Acosta Paredes / @zeudyacosta

Maracay 32° C; Miami 25°; Chile 31°; Ciudad de México 18°; Madrid 12°; Sydney 22°, Tomar 11°. Mientras reviso el pronóstico del clima en estos lugares suena de fondo Corazón Partío de Alejandro Sanz. Nunca he creído en las casualidades, y creo que esta tampoco lo es.

Vengo de un país de inmigrantes. Repoblado por gente de diferentes orígenes: españoles, portugueses, franceses, alemanes, colombianos, argentinos, y pare de contar. De esa gente que en algún momento salió de su país natal y se refugió en el mío, por diversas causas, motivos o razones. Por eso, decir que somos puros, y que en nuestras venas no corre sangre mezclada por varias descendencias, es un error. Pero en línea directa, que yo sepa, no tengo descendencia lusa, y sin embargo, un día alocado, de esos que ni con esfuerzo entendería, me refugié en esta isla; claro, también huyendo de una guerra que parece fría, pero que es un infierno mal disfrazado de paz.

En un intento por describir cómo me siento después de 4 años y medio fuera de Venezuela, podría decir que me he tenido que multiplicar en muchas formas. En tiempo y espacio; en pérdida de juicio y razón; en términos de aferrarse y de desapego; de valor y de pánico. Las ambigüedades se sirven en platos fríos o calientes, y así, se encuentra uno en un enjambre, en una encrucijada constante. Te levantas cada día para sacar adelante lo que hace posible tu subsistencia en un país al que intentas pertenecer, pero tu mente debe -al mismo tiempo-, saber cómo te va a tratar el clima, porque a diferencia de Venezuela, tú y los tuyos se han mudado a otros países donde las cuatro estaciones sí que se hacen sentir. Aquel calorcito permanente del Caribe, de donde provenimos, aquí sólo se deja colar unos pocos meses al año, mucho más húmedo, pero caliente, y en forma eventual, vas también sondeando el estado del tiempo de otros.

Con frecuencia, diría que en demasía, reviso el teléfono y esta vez, no es un grupo de WhatsApp que hace el anuncio: Sismo de magnitud 5.6 ha sacudido a Chile (la aplicación novedades en Google se ha activado), y como es de esperarse, al menos 10 amigos andan por aquellos lados. Piensas entonces, si están bien. Así que busco en Facebook para ver los reportes, y en cuanto contacto tengo para saber de la situación. Algunos comentan “Nada, en Chile tiembla cada hora”, “Tranquila no hay alerta de tsunami”. Siento un poco de alivio.

Así se discurre parte de la agenda diaria, viendo estados en redes sociales o en WhatsApp, en este empeño por no desprendernos de la gente, de los nuestros que anda soportando olas de frío a la que no están habituados, buscando empleo, ligando aprobación de visas o estatus legales, o ideándose la manera de enviar dinero, medicinas o insumos a Venezuela, entre tantas otras acciones y tareas. Es una permanente carrera por la supervivencia, dentro y fuera de nuestro país.

A diario andamos con el corazón partío, no sólo porque estamos de manos atadas con los nuestros que aún quedan en territorio venezolano, sino con los que ahora andan en muchas ciudades del mundo. Una especie de cruzada que cabalga lejos palpitando silenciosamente en uno, a veces, la mayoría de las veces, incluso sin darnos cuenta. También sin percatarnos husmeando en los estados del tiempo, en la política, en las festividades, en lo notorio o no de cada ciudad donde habita ahora un venezolano.

A modo de un tema multicultural, ahora sabemos un poco más de otros lugares, de otras costumbres y culturas. Quizá con el corazón partío, con la angustia a flor de piel, con novedades metralladas, pero nunca seremos los mismos. Ahora somos más solidarios y en muchos casos dejamos nuestras profesiones a un lado para graduarnos en humanidad.

Las miguitas de este corazón partío, he tenido además que recogerlas de a poco para intentar repararlo. Muertes inevitables, enfermedades sin control; las voy hilvanando con logros, con emprendimientos, con buenas nuevas de aquí y de allá, porque somos eso, un corazón que late en muchas partes del mundo.

Cuando emigras, tu corazón se quiebra en dos, una parte queda en el lugar del que vienes y la otra te acompaña para no morir. No obstante, si eres un venezolano de este tiempo, de las últimas dos décadas, ese músculo que es tu motor, se disuelve en miguitas, por tu familia, por tus amigos y conocidos, e incluso por cada conterráneo que cruza kilómetros a pie de una frontera a otra, que muere en ese intento; que mo aguanta a que las medicinas finalmente crucen los embates de la aduana; que no tuvo oportunidad de despedir a un ser amado en su último aliento. Un corazón que regado por un sinfín de latitudes carga consigo sus penas y las de otros, su fuerza y la de alguien más, que aligera el peso de un hermano, de un amigo y hasta de un completo desconocido.

Es un corazón que ama con la fuerza de un huracán, que palpita al ritmo de su vientre y el de todas las madres, que bombea el impulso propio y el de otros. Es un corazón que reconoce el desespero, la rabia, la frustración, la alegría y la tenacidad de sus pares. Que aún cansado y triste, se acuesta esperanzado, con la certeza de que algún dia, no muy lejano, aunque maltrecho, juntará parte de las migas para latir en el calor de su verdadero hogar.

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