HUELE A VENEZOLANO

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Zeudy Acosta Paredes / @zeudyacosta

Lo sabía. No sé si es algo en el ambiente, que se desprende como una feromona, o un aroma, una estela invisible cargada de un áurea especial. Algo nos delata, algo ha de haber para que exista tal conexión, tal reconocimiento. A veces, no es necesario pronunciar palabra alguna. Y créanme, no es por el aspecto físico, por las facciones, por el color de piel.

Los sábados me tengo que levantar más temprano que otro día de trabajo. Hoy incluso un poco más porque prepararía para el almuerzo, un pastel de pollo. Dejé muchas cosas adelantadas anoche, para sólo tener que estirar, rellenar y al horno. Y como esto requiere de cierto tiempo, entonces así se explica el madrugonazo. Sin embargo, los tiempos no fueron bien calculados y, pese a que también hice el desayuno, no me dio tiempo de comerlo.

El transporte público tiene horarios prácticamente inquebrantables donde vivo ahora desde hace 4 años y medio, ese es el otro elemento que te lleva por la calle de la amargura. Es que si no estás en la parada, te quedas. Ya me ha ocurrido, por milésimas de segundos. En una ocasión el chófer hasta me dijo adiós. Quise, pero no mostré la señal de costumbre; como siempre, como ahora, recordé que nos toca adaptarnos a sus cotidianidades, a sus tiempos, a sus horarios. Bien, me estoy dispersado. Eso también parece una condición nuestra. Hablamos hasta debajo del agua, y ahora queremos comentar todo, contar de todo y en ocasiones, inexplicablemente, queremos o pretendemos saberlo todo.

Entonces estaba aprovechando la espera del autobús que me lleva al trabajo, así que le entré al desayuno. A mi lado se sienta un joven. No cargaba perfume (o al menos no lo noté), pero cuando lo vi, lo supe. No habló, sólo respiraba, se apertrechaba para cubrirse del frío y se disponía a sacar de su morral algo. Envuelta en papel aluminio (primera evidencia), reposaba cálida y suculenta, una arepa. Rara vez un portugués lleva comida en el bolso y mucho menos una arepa (punto número dos a mi favor). Por instantes, me vi 40 años atrás, esperando el transporte para ir a la escuela. Impaciente siempre o hambrienta siempre, me costaba esperar la hora del desayuno a media mañana (envuelto en aluminio), porque además coincidía con el recreo, y los juegos jamás podían quedar en segundo plano.

En fin, ahí estábamos ambos, llenando de energía venezolana nuestra mañana antes de iniciar la jornada laboral, en esta isla portuguesa anclada en el Atlántico. Y como es de suponerse, lo saludé para matizar el ambiente, entrar en confianza,  como diríamos en buen criollo.

En Madeira, quizá en Portugal entera, no es habitual desayunar como nosotros acostumbramos. Aquí los platos fuertes son el almuerzo y la cena. Pero si uno ve a alguien comiendo una empanada o una arepa en la calle o en un local, indiscutiblemente, se trata de un venezolano. No obstante, más allá de esa incuestionable condición, no sé si a otros les pasa, pero yo reconozco a un venezolano a 20 millas. El andar, los gestos, la mirada, la sonrisa, la jovialidad. Yo insisto que hasta se desprende un aroma en el ambiente que te hace voltear, que te indica: ese es de los nuestros. Es como si tuviese el tricolor y las siete estrellas dibujadas en el rostro perennemente; como si exudara el Salto Ángel o el Orinoco; como si la nieve del Pico Bolívar delineara sus dientes cuando ríe; es como si el sol poniente de Juan Griego se posara en sus ojos  ¿Les pasa a ustedes lo mismo? ¿Reconocen a un conciudadano sólo con verlo? ¿Cómo concluyen que es venezolano?

Si al entrar en un oficina, al subirse a un autobús esa persona saluda dando los buenos días; si alguien le cede el puesto a otro, si da la gracias y si sonríe la mayor parte del día, yo apuesto a que es venezolano. Quizá luego lo compruebas porque dice: ¡Bueeenaaas!., o porque un grupo de venezolanos, es sinónimo de jolgorio y algarabía. Eso me gusta pensar, que en general somos educados, gentiles y humanos. Ah, y simpáticos. Sí, me gusta pensar que – aunque suene a lugar común -, los buenos somos más. Creo que no por casualidad aquí me han comentado que les gusta contratarnos por nuestra responsabilidad, honestidad y deseos de echarle pichón, y porque siempre estamos alegres, aun frente a la adversidad.

Aquel joven iba a trabajar en una fábrica, un sábado bien temprano. Emigró quizá sabiendo que nada volvería a ser igual. Que esta etapa te obliga a estar donde no deseas, hacer lo que no te gusta, a condicionarte con enormes sacrificios, pero también que aun dentro de ese laberinto, siempre es importante una actitud positiva, aceptar y dejar fluir sin perder nuestra esencia. Esa que nos distingue en buenos términos, del resto de la humanidad.

Febrero 2019

 

 

 

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