DOS DE 23

Zeudy Acosta Paredes / @zeudyacosta 

Pasará cierto tiempo antes de que caiga en cuenta de lo que exactamente ocurrió en su vida en 2014. Es apenas un muchacho y a los 16, las cosas se miran con menos rigor. 

Es agosto 25, dos días atrás se había despedido de sus mejores amigos, lo mismo había hecho con sus profesores, con su computadora de siempre, su confortable cama y su cálida y desordenada habitación. Realmente, se había despedido de más gente, más lugares y más cosas, pero un muchacho a su edad, ve la vida con menos aspereza.

Despedirse, no con un hasta luego, sino con un quién sabe hasta cuándo

Todo lo que podía cargar consigo tuvo que entrar en dos maletas de 23 kilos por lado. Todo lo que al final no entró, se quedó en el limbo, como sus juegos, sus cuentos, hasta las fotos, los muñecos, la ropa que alguna vez le sirvió, la pelota de waterpolo que tanto cuidó.  

Aquello que no entró en las maletas, incluso sin ocupar espacio o aumentar el peso, se lo llevó en los ojos; el amanecer por el este, la puesta del sol de su playa favorita, la lluvia cayendo en el techo de la casa, el primer beso en la escuela, todo cuanto aprendió.

Danzando en el tiempo se quedaron las papitas fritas y la malta que el abuelo le regalaba al salir de colegio y cuando le dejó guiar el volante del carro con apenas cuatro años de vida.   

Todo cuanto suma en recuerdos, los primeros, los siguientes y los de siempre, no entraron en las maletas. Allí va todo lo material, lo estrictamente necesario, porque cuando dominó la bicicleta sin ayuda, cuando bateó su primer hit, cuando anotó un gol por vez primera, cuando corrió su primera ola; eso que vivió con pasión donde nació, ya nunca más será.  

Aquello que no entró en las maletas, incluso sin ocupar espacio o aumentar el peso, se lo llevó en los ojos…

Ese muchacho, sentado en su par de maletas de 23 por lado, como una sombra en el aeropuerto, no imaginaba lo que era emigrar. Despedirse, no con un hasta luego, sino con un quién sabe hasta cuándo; despedirse por fuera pero no por dentro, nada de eso lo sospechó.

Habría querido que su equipaje incluyera todo el valor que iba a necesitar después, la determinación que le impulsaría años más tarde. Habría querido que su despertar siempre fuese en esa ciudad de flores, estudiar en la universidad de sus anhelos, pero no siempre se nos permite decidir. En esos 46 se escondió el aroma de la tarde maracayera, se introdujo como polizón la sonrisa desmedida y la complicidad de su abuela; se filtraron los aromas y el sabor de la cocina venezolana, el perfume tempranero de su prima cuando iban juntos al liceo.  

Si hubiese podido, ese muchacho, que no mira con mucho rigor, no se habría despedido… 

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