SI NO TIENES PROBLEMAS: ESTÁS MUERTO!

eSTAS MUERTO

Belén González

Ser inmigrante tiene como consecuencia la obligatoriedad de vivir con un peso enorme sobre la espalda. De hecho, suelo decir que la vida se me ha convertido en una secuencia de asuntos por resolver que me convierten en una especie de apaga fuegos que cumple su rol sin ser bombero, porque a diferencia de estos, no cuento con la preparación formal requerida para la tarea.

Pues bien, esos pequeños fuegos de todos los días que doblegan el ánimo del mas pintao, me han puesto muchas veces en modo “tirar la toalla”, pero siempre, de la nada, aparece algún mensaje inesperado que me recuerda que la lucha diaria no es un asunto que solo a mí me compete, sino que cada quien, en su espacio, está librando su batalla con las armas que tiene a su disposición.

Contrariamente a lo que a veces pensamos, y sentimos, esa lucha constante no es exclusiva de quienes nos vimos obligados a dejar el país, porque los que están allá, así como el resto de quienes habitan este planeta tienen igualmente que lidiar a diario con problemas grandes o pequeños que los atormentan. La verdad es que nadie se salva. Seguramente lo que a mí me parece grave, para otros es una minucia y viceversa.

Mi amiga Yanet, que es casi una hermana para mí, me escribió para pedirme ayuda, quiere salir del país con su bebé, que aún no cumple los tres años, en una travesía por tierra que iría de Maracay (mi ciudad en Venezuela) a la frontera con Colombia, llegando a Cúcuta y con Perú como destino final. Ella, es una más de los cientos de miles que, desesperados, asumen esta aventura, este riesgo.

El viaje debe ser por tierra porque el niño no tiene pasaporte, y sacarlo es un proceso costoso, largo y sin garantías. Me dice que no puede esperar más. Su necesidad se me convierte en otro fuego, porque me niego a dejarla sola. Pasan dos días mientras trato de idear como ayudar, a pesar de mi propia necesidad. Cuando llamo para saber cómo van las cosas, la novedad del día me deja helada: “Que bueno que me llamas chama, se me acaba de morir mi mamá, no había medicinas en el seguro, y bueno…”.

Ella es de hierro, de acero, un diamante, coltán, no sé… una de las personas más fuerte y valiosa que conozco. Con una serenidad que me abruma me explica cómo están haciendo para reunir los gastos de la funeraria, y la logística para cremar el cuerpo en Los Teques, otra ciudad a casi 100 kilómetros de distancia, porque ahí existe crematorio “que está funcionando”. Pero los gastos que implica mover a  toda la familia hasta allá en la Venezuela de hoy, los obliga a tomar una decisión difícil,  solo un miembro de la familia acompañará los restos de la señora María.

Yo tengo problemas, como todos, pero después de escuchar lo que paso me doy cuenta de que aquello que me decía mi abuela de caras vemos y corazones no sabemos, que se resume a que siempre hay alguien en condiciones más duras que tú, era una verdad absoluta. Se reinicia mi diatriba sobre lo que está pasando,  vivir o sobrevivir?

Pero como les dije al principio, siempre hay alguien o algo que nos lanza una cuerda cuando estamos a punto de decir que no nadamos más.

Como gracias a la globalización y a la tecnología, estamos de cierta forma todos un poco más cerca, una amiga querida me escribe casi sorpresivamente desde España para preguntarme: “Belén qué te pasa que  te siento triste en tus post”. Agua fría, ni me había dado cuenta de que en Instagram podemos, de forma inconsciente, expresar dolor, rabia, angustia o tristeza con la misma fuerza con la que nos empeñamos en dibujar una vida feliz y plena, que muchas veces ni siquiera existe.

Le conté un poco de mis dificultades, me contó las suyas, y como de la nada uno de sus mensajes se convirtió  en esa cuerda, inesperada pero efectiva, que me recordó que las bendiciones en mi vida son mayores a las dificultades, y que ayudando a otros nos ayudamos nosotros mismos. Fue solo una frase, pero me recordó el valor de lo que tengo. “Si no tienes problemas: estás muerto”.

LETANÍA DE 360 GRADOS

 

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