DISFRAZ DE ALEGRÍA

Falsa alegria

Zeudy Acosta Paredes / @zeudyacosta

Una vida entera se reduce a unos 46 kg. Cada quien tiene un motivo, una razón para embarcarse en un proyecto, muchas veces a ciegas. Al pasajero inmigrante le acompaña su equipaje esperanzador, y en su bolso de mano, cerquita del corazón, las lágrimas propias y ajenas; el adiós, el hasta luego y el jamás. Ser inmigrante te despoja, literalmente te desnuda y te obliga a revestirte, a cambiar, incluso de piel. No importa cómo te trate o acoja el destino escogido, ya nunca serás el mismo, nada será igual. Tu idioma, tu acento, tus costumbres, ocuparon espacio en las valijas y se aventuraron contigo, y de manera eventual, te recuerdan de dónde vienes; buscan vías de escape ante triviales circunstancias. Las añoranzas no pierden protagonismo aunque los actores y escenarios sean otros.

Ser inmigrante te conduce por lo ajeno. Pisas calles que no te pertenecen, ni tú a ellas. Estás obligado a ser valiente y enjugar los ojos inexorablemente. Es disfrazar la nostalgia y la soledad para potenciarla en voluntad. Hay voces permanentes recordándote que está prohibido tambalearse, que no está permitido retroceder. Se puede ser y estar por el desespero, por negarte a ponerle punto final a tu tiempo; se puede respirar mejor, dormir sin el desenfado de la angustia, y no despertar de golpe; sin embargo, no hay amaneceres multicolor, el sol no se asoma por el mismo punto, y la luna prefiere dejarse ver un poco más tarde. El aire es frío, y las sonrisas parecen tener precio…

 

Diciembre 2014

 

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