EN CERO

Gato en las vías del tren

Zeudy Acosta Paredes@zeudyacosta

Que es un asunto de costumbre y preparación, es muy probable; pero algo cierto es que lo lógico pierde sentido cuando te ubicas en un entorno para el que no estabas preparado. Hay una paradójica diferencia entre imaginar y estar; aquello del dicho al hecho.

Suponía que estar en un país como inmigrante me obligaría a desempeñarme en actividades o tareas ajenas a mi profesión, a lo que durante muchos años fue mi relación de vida; el choque con lo que creí normal y hasta racional tuvo sus consecuencias. Las primeras semanas se resumían a una espalda quebrada, que se disputaba lugar en las noches de extremo cansancio, con el fustigante dolor de las manos, ese que se prolongaba a medida que se asumían mayores responsabilidades, aquellas heridas que surgían, a veces sin recordar cómo.

La idea de regresarnos a Venezuela, rondaba con persistencia; sin embargo, las noticias difundidas por algunos medios o relatadas por familiares y amigos, te rebotaban en la conciencia, esa que de a ratos parecía desvanecerse ante las circunstancias propias y ajenas de lo que vivíamos aquí. En efecto, quienes también emigraron en su momento, advertían que habrían de transcurrir muchos años para que ese cincel dejara de tallar el mapa de nuestra patria como la opción inmediata; urgía enfrentar los escollos y ceder paso al drástico cambio.

De forma voluntaria o no, te enfrentas a empezar de cero, pero sin entender por mucho tiempo lo que eso significa. En dosis bien administradas vas comprendiendo que es cuestión de tiempo, de consentir, de aceptar. El ser humano es justo eso, un ser que se va acoplando a lo que vive, a donde está y le va sacando provecho a las oportunidades. En ciertos casos corresponde amoldarse y en otras, simplemente, aportar iniciativas.

Un recuerdo recurrente, lo que habíamos construido; sí, lo material, porque tiene su peso en nuestras vidas, involucra un esfuerzo. Aquello de que no es justo darle mucha importancia es un lugar común para muchos, pero cuando la nada te abofetea, resurgen imágenes de todo aquello a lo que en un momento determinado se despidió de ti.

Quien ha emigrado, casi siempre, tiene que disponer de un capital, esto se traduce en la miseria que puedes obtener a través del Estado (manejado a su antojo por el Gobierno), lo que has logrado comprar en el mercado negro (mucho o poco, casi siempre nada) y, por tanto, también de la venta de tus pertenencias si de cerrar el ciclo completo se trata, sin dejar puertas abiertas ante un por si decido regresar.  En cero ¿un número o la nada? El génesis del todo. Una oportunidad…

Diciembre 2014

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