20 AÑOS NO SON NADA

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Zeudy Acosta Paredes / @zeudyacosta

Hay historias que te erizan la piel sin ser escritas por Alfred Hitchcock, Stephen King u otra célebre pluma del suspenso o el terror. Ahora las historias más aterradoras e sorprendentes las protagonizan en carne viva y sin edición, los venezolanos en su propia tierra.

Una cosa es sentarse frente a la gran pantalla o en casa, a presenciar films que narran el Holocausto, las guerras, los atentados terroristas. Y otra muy diferente es escuchar testimonios de amigos o familiares, leer acontecimientos que, en sí mismos, no parecen reales; ver en videos las evidencias de la humillación, de las torturas, del crimen que viene cometiendo sistemáticamente el oprobioso régimen en Venezuela desde hace veinte años. Es una realidad que todos, de alguna manera, creíamos imposible de vivir. Nos negábamos a pensar que nos tocaría tan de cerca.

Sin comida, sin medicinas, sin agua, gas ni luz, no sólo queda a oscuras y sediento el país, sino el espíritu.

Éramos miles, pero ahora somos una especie de estampida, convertida en millones. Por avión, en carro o a pie, nunca conocimos tan de cerca el destierro. Ahora, no lo leemos en los libros con testimonios de otros países, ahora los libros contarán nuestras historias de expatriados. De cómo hemos tenido que huir, sí, huir del hambre y de la miseria, de la inanición propiciada por la ambición inhumana al más ruin estilo de la Alemania nazi, plagada de segregación; abundada del resentimiento, el odio y el genocidio.

Han pisoteado la esperanza convirtiéndola en desesperación. Y como es de suponerse, una mente centrada en conseguir alimento para los suyos, que entiende con severidad la inútil tarea de hacer magia para no morir en el intento, difícilmente encuentra espacio para rebelarse. Sin comida, sin medicinas, sin agua, gas ni luz, no sólo queda a oscuras y sediento el país, sino el espíritu.

Registros de la criminalidad, de la vileza que los caracteriza y mueve sigilosamente como pirañas, superan la credulidad, el nivel de entendimiento, la capacidad de comprender cómo fue que, un país tan potencial y próspero, ahora parece una sombra, un fantasma. En vez de soluciones a los problemas cotidianos del venezolano, los potenciaron. Los convirtieron en su bandera política para mantener al pueblo sumiso, preocupado y ocupado de sobrevivir por sus propios medios, resolver o, al menos pretenderlo. Un Estado corrupto, narcotraficante, malandro, dejó en pañales el papel de El Barbarazo, que hasta el queso se lo llevó. Son artífices de excusas surrealistas, de la más desfachatada inmoralidad, del mayor despotismo que nuestra historia haya conocido y vivido. Se han escudado en asquerosas excusas para poner en práctica acciones que revelan todo su odio, para inyectarnos todo su veneno.

Nos despedimos de la familia, de los amigos, de las oportunidades, del país; y estamos como rotos e incompletos.

Un pueblo noble, históricamente ganado a la paz, a la solidaridad, al entendimiento, se vio presa fácil de promesas de involución disfrazadas de progreso. Cuando despertó del letargo, el daño abismal ya estaba hecho. Entonces, extremistas por naturaleza, crearon la escasez extrema, la violencia extrema, la pobreza extrema, el hambre extrema, la muerte extrema, sin prisa pero sin pausa. No le han sido suficientes estas dos décadas de malandraje para corroer como el óxido todo a su paso; siguen vomitando su venganza, su saña. No se sienten saciados.

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Da lo mismo ser una voz disidente o comulgar con la narcodictadura, la muerte toca la puerta o entra sin avisar, sin distinción alguna. Se aseguraron de cumplir su promesa, esa de “igualdad social”. Ahora todos somos víctimas, a todos nos ha tocado despedir de cualquier forma a alguien, esa es una palabra clave: la despedida. Nos despedimos de la familia, de los amigos, de las oportunidades, del país; y estamos como rotos e incompletos.

El miedo ronda sin miramientos, al que se fue, al que se queda, al que tiene planes de marcharse o al que apuesta a tomar un último aliento para soplar con fuerzas las velas y hacer zarpar la nave a mejor puerto. El único que asegura que 20 años no son nada es Gardel, pues aunque se dice tan fácil, hay una generación que creció sin conocer la libertad, pero aun así, la sueña, la anhela y en su afán por traerla de vuelta, ha encontrado una bala en la frente o en el pecho, o quizá un apagón le arrebató el aire al que estaba conectado, o el final lo tomó por asalto en plena vía, o probablemente con la llegada tardía de un medicamento. Por esa generación y las que le han sucedido, evoco a Serrat:

“Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad,
viajan de incógnito en autos blindados,
a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad,
a colgar en las escuelas su retrato.
Se gastan más de lo que tienen en coleccionar
espías, listas negras y arsenales;
resulta bochornoso verlos fanfarronear…
tienen doble vida, son sicarios del mal…
Entre esos tipos y yo hay algo personal”.

2 comentarios sobre “20 AÑOS NO SON NADA

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