ENTRE LA MISERIA Y LA OPULENCIA

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Belén González / @mbelengg

Cuando el chavismo se instaló en Venezuela, tras el triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998, muchos esperaban que el fin de la corrupción, que tanto daño hizo al país, y la repartición justa de las riquezas de nuestra tierra se hiciera realidad. Pero esa promesa de los recién llegados al poder se diluyó a tal punto que, a estas alturas, nadie puede creer si quiera, que al menos tuvieron la intención de cumplirla.

Tras más de 20 años, el logro más grande de la revolución bolivariana se describe con una sola palabra: Desgracia. Ciertamente cambiaron los actores, los escenarios y quizás la forma de hacer las cosas, pero para mal. La pobreza se multiplicó trágicamente y se convirtió en miseria, la corrupción de hizo más voraz, y la desesperanza marcó a prácticamente todos los venezolanos de bien.

Pranes, colectivos, bachaqueros, enchufados, boliburgueses, bolichicos… Una gama de calificativos, todos en comunión con la corrupción, la miseria, la descomposición social que ha alimentado el chavismo.

Antes del chavismo, una etapa nefasta para nuestro país que Dios mediante está por terminar, vivíamos en una sociedad capaz de convivir a pesar de las diferencias. El sistema no era perfecto, la gente tampoco, pero ese cambio por el que muchos apostaron nos costó caro; nos costó logros, sueños, solidaridad, paz, esperanza, y por supuesto, las riquezas del país. Con la revolución chavista se inició en Venezuela un periodo oscuro, de profunda descomposición social, que dio origen a una fauna violenta, ambiciosa, sin principios, preocupada únicamente por sí misma. No se trata únicamente de quienes han paseado por distintos cargos de gobierno, sino de esos delincuentes feroces de alta y baja gama reunidos en clanes con un nombre que los distingue, y un delito que los agrupa.

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Comencemos por los llamados “pranes”, un término no tan nuevo que dejó el anonimato en 2011 para convertirse en un vocablo común del argot venezolano. Se usa para identificar a los líderes delincuenciales, en extremo peligrosos, que no sólo gobiernan las cárceles del país, sino que mantienen su esquema de delitos puertas a fueras del penal que los aloja, bajo el amparo de la ministra del sistema penitenciario, Iris Varela.

Están también los asesinos confesos que integran los “colectivos”, resentidos sociales armados por el mismo gobierno chavista, y que ejemplifican a la perfección la violencia de la que es devota la dictadura. Son ya múltiples grupos que operan a nivel nacional bajo el ala protectora de autoridades y gobiernos locales y regionales de todo el país. Fueron creados como “brazo armado de la revolución”, pero han florecido gracias a delitos como el secuestro, la extorsión y el sicariato.

Otro grupo, aunque no violento, y que muchos ante la urgencia han calificado como “un mal necesario”, son los “bachaqueros”, que en realidad pueden calificarse como neocontrabandistas, de alta o baja monta, porque hay quienes negocian por volumen y otros que cobran por deshacerse de lo que les sobra.

En Venezuela vivimos de la miseria a la opulencia, dos extremos entre una mayoría que ya no tienen nada, y estos delincuentes que se llenan los bolsillos cometiendo delitos

Estos operadores que hacen dinero de forma descarada a costa de la carencia de otro ser humano, una absoluta desvergüenza, han sido calificados por el régimen como una “plaga”; se les responsabiliza por la escasez, y hasta se tomaron medidas gubernamentales para detenerlos, pero nada ha funcionado porque la dictadura de Nicolás Maduro ha hecho de la economía del país un circulo vicioso, en el que los niveles de inflación fomentan la reventa de productos de precio fijo. Y ni hablar de quienes viven comercializando dólares en un mercado que es simplemente, un desastre.

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En Venezuela vivimos de la miseria a la opulencia, dos extremos entre una mayoría que ya no tienen nada, y estos delincuentes que se llenan sus bolsillos cometiendo delitos. Dicen que, los llamados “enchufados”, grupo que reúne a quienes gracias a sus nexos con el régimen tienen acceso a bienes y recursos que les garantizan una vida cómoda libre de necesidades, no son delincuentes, pero la verdad es que al vender su dignidad, se integran a la espiral de corrupción que consume al país.

Y lo propio han hecho los “boliburgueses” que, siendo de izquierda de la boca para fuera, se han construido una vida de gustos y placeres, aderezadas con un buen whisky 18 años, sin importarles en lo más mínimo los venezolanos pasando hambre, los niños muriendo en los hospitales, o los inmigrantes que cruzan fronteras a pie buscando satisfacer sus necesidades básicas.

Aunque hablando de corrupción, el premio mayor le corresponde al grupo de los “bolichicos”, quienes dejaron como niños de pecho a los que vivieron de las arcas públicas durante la Cuarta República. Estos descendientes de las otrora familias pudientes del país, venidas a menos por culpa de la Revolución Bolivariana, hoy convertidos en vulgares ladrones, diseñaron y ejecutaron nuevos modelos de corrupción con el respaldo de altos cargos en el gobierno a través de la adjudicación “comprada” de contratos con el sector público.

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Los “bolichicos”, término creado en 2010 por el escritor y periodista venezolano Juan Carlos Zapata para referirse a los jóvenes contratistas del gobierno, obtuvieron en total 12 megacontratos en apenas 14 meses, entre 2009 y 2010, adjudicados sin concurso a la empresa Derwick, dedicada a la construcción de plantas de generación eléctrica, subestaciones, y centrales hidro y termo eléctricas, por PDVSA, Corpoelec y la Corporación Venezolana de Guyana. El monto inicial de estos contratos estaba en el orden de los 2.873 millones de dólares, pero la factura final alcanzó la escandalosa cifra de 5.044 millones, lo que confirma un sobreprecio de más de 2.000 millones de dólares.

La pobreza se multiplicó trágicamente y se convirtió en miseria, la corrupción de hizo más voraz

Entre estos expertos del “guiso”, corresponsables del actual problema eléctrico de nuestro país, están: Leopoldo Alejandro Betancourt López, Pedro Trebbau López, Francisco Convit Guruceaga, Domingo Guzmán López, y Orlando Alvarado. Mientras que entre sus socios se cuentan: Raúl Gorrín, expresidente de Globovisión; Alejandro Andrade, ex guardaespaldas de Chávez y Tesorero Nacional entre el 2007 y el 2010; Mathias Krull, exbanquero suizo; Nervis Villalobos, exministro de Energía Eléctrica; y Diego Salazar, alias “El rojo de oro”, intermediario de PDVSA. Pero la red es bastante mas extensa si nos ponemos a contar a los testaferros, otra actividad muy rentable económicamente en la Venezuela chavista.

Tras robar a placer, buscaron la forma de seguir alimentado su monstruosa ambición, extendiendo sus tentáculos a Estados Unidos y España, abriendo empresas con capitales de dudosa procedencia, comprando caballos pura sangre, y bienes raíces; pero si bien el tuerto es rey en el mundo de los ciegos, en esos países tienen visión 20/20 y por eso los que no están presos, ya están bajo investigación. Les duró poco la opulencia, pero el mal está hecho.

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